Son más de las diez de la noche y estamos cenando con amigos a bordo del MSC Euribia, en pleno crucero por los fiordos noruegos. A través de los grandes ventanales circulares del restaurante entra todavía una claridad impropia de aquella hora. Miro el reloj. Las 22:30. Vuelvo a mirar hacia fuera. Aquello no parece de noche. Durante unos minutos seguimos cenando, pero la curiosidad ya está servida sobre la mesa. Comentamos si podría tratarse del Sol de medianoche. Incluso aparece fugazmente la idea de una aurora boreal, aunque la descartamos pronto: no había resplandores verdosos ni luces cambiantes en el cielo, sino una claridad uniforme y persistente, algo más discreto y, precisamente por eso, desconcertante. La tarde parecía negarse a terminar. El cielo sobre los fiordos noruegos a las 22:48, cuando la claridad se resistía a desaparecer Al terminar de cenar, subimos a una de las cubiertas exteriores, cerca de la discoteca y casi en lo más alto del barco, para comprobarlo a...
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